Domingo, 24 Marzo 2019

BRUJAS EN CANARIAS

  CP Redacción
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Brujas en Canarias

 

La brujería en Canarias está impregnada en el ADN de sus habitantes. Como premisa, me gustaría indicar que los conceptos referidos a estas mujeres, difieren en mucho con lo que se entiende por brujería en el territorio continental, estando más próximas en las islas a prácticas curanderas y rezados, que a conjuros y maldiciones tal y como nos ha llegado a través de la literatura europea. Las islas siempre han estado impregnadas de un legado multicultural, bañadas por las corrientes llegadas desde el continente africano, americano y por supuesto, europeo. En este interesante crisol es donde se ha ido forjando la identidad propia de la brujería en las islas, provista de sus peculiaridades y forma de expresarse.

La Inquisición estuvo presente en Canarias durante poco más de tres siglos (1506-1820), aunque de forma más laxa que en el resto de Europa. La mayor parte de personas procesadas por los inquisidores, al contrario de la creencia popular, fueron varones a los que se les acusaba de bígamos, practicar el Islam, protestantismo, judaísmo…  Pero si hay un delito que ataña a la mujer, ese es el de la superstición. Las curaciones, sahumerios, conjuros, calderos con sustancias indeterminadas y hierbajos, velas, y un largo etcétera, eran los ingredientes a tener en cuenta cuando una mujer era acusada de superstición, hechicería / brujería.

No son pocas las historias sobre brujas que se recogen en diferentes puntos de las islas. En Tenerife se extienden a lo largo y ancho del Macizo de Anaga, así como en muchos pueblos del norte y sur de las islas. En El Hierro y La Gomera, debido principalmente al aislamiento en el que se han visto envueltas durante décadas, la sombra de la brujería se mantuvo –y mantiene- de forma especialmente acentuada, pudiendo encontrar llamativos testimonios que recogen los quehaceres de estas respetadas y temidas mujeres. En La isla de La Palma, la fama de algunas mujeres consideras brujas, llegó más allá de la propia isla. En la isla de Gran Canaria, lugares como el municipio de Telde, denominado durante muchos años –aunque no gusta a los lugareños- como Ciudad de Brujas, o la conocida Finca de Osorio en el municipio de Teror, en el que los fenómenos extraños y relatos de brujas han permitido que se le conozca como el bosque encantado… Fuerteventura y Lanzarote, inspirando esta última la exitosa novela “Mararía”, del escritor Rafael Arozarena, en la que una mujer es acusada de bruja y se narran muchas de sus actividades.

Pero lo más llamativo de las prácticas brujeriles sea quizá la facultad que estas mujeres, y siempre según la tradición oral, tenían para transformarse en animal, con el fin de asustar al caminante y provocarle miedo. El abanico de posibilidades no es pequeño, pudiendo encontrar relatos en los que se habla de brujas convertidas en gatos, cerdos, burras, cabras o camellos, y otros menos comunes como perenquenes, cucarachas, corujas y gallinas. ¿De verdad han calado estas historias en el ADN del pueblo canario?

Especialmente en los núcleos poblacionales menos urbanitas o aislados es donde se acentúa la creencia sobre que las brujas tienen capacidad para transformarse en animal. Hay lugares en los que incluso en la actualidad, se señalan casas en las que vivió una bruja, y se acompaña de una historia protagonizada por ella. No es menos llamativo que por lo general, estos relatos en los que la bruja se convierte, lo hace con la única motivación de la burla y causar el miedo en la víctima. Evidentemente este tipo de sucesos de difícil explicación, quedan sustentados por la narración de los testigos, que en la mayoría de los casos sufre un ataque de sugestión al verse envuelto en la oscuridad, ruido, sombras de la calle o los caminos, etc. El paso de los años hace el resto del trabajo, desvirtuando la narración con añadidos exagerados y cada vez menos creíbles. Pero lo importante de estos relatos es que por muchos años que pasen, y por mucho que el manto del raciocinio y la tecnología nos haya invadido, se les sigue dando total solvencia.

Me contaba doña Herminia en su casa de Tacoronte, como estando ella de pequeña en el chiquero con los cochinos, escuchó una risas en las parte de atrás, donde guardaban las herramientas y los sacos. Se acercó al muro que separaba a los cerdos de esa parte del chamizo, y vio a una mujer vieja con pañuelo negro en la cabeza, que estaba haciendo pis. Se volvió para atrás para que la vieja no la viese, cuando… -“Uno de los cochinos se puso a dos patas y en sus ojos yo vi la mirada de una mujer, no de un animal”-. Se echó a correr hasta su casa, que estaba junto a las porquerizas, cuando tras de ella salieron corriendo todos los cochinos… -“No se podían salir de allí, porque el muro era de más de un metro de alto y la puerta la tenía cerrada, yo no la había abierto todavía”-. Cuando contó a su madre y a su tía lo que había pasado, enseguida se dieron cuenta de que aquello era cosa de brujas, o al menos así lo recuerda esta mujer.

Recoge Domingo García Barbuzano en su interesante libro “La brujería en Canarias”, algunas llamativas historias de metamorfosis entre brujas. Siempre me ha llamado la atención una en la que los cerdos [cochinos] vuelven a ser protagonistas. En el relato que Barbuzano llama “Los cochinos embrujados”, una de sus informantes natural de Icod de Los Vinos, en Tenerife, cuenta como en tiempos de Navidad, se aparece en el camino una cerda y sus crías a dos hermanos de familia pobre. Después de mirar a todas partes por si aquellos animales tuvieran dueño, y al ver que no había nadie, metieron a los cerdos en un saco y siguieron su camino. Los muchachos decidieron cambiar a uno de esos lechones por vino en la venta cercana, y asegurarse una de las mejores cenas navideñas de su vida. Llegaron a la venta, y dejando el saco en la entrada, explicaron el trato a la ventera, quien les dejó tres garrafas de buen vino. Pero ocurrió que cuando uno de los hermanos fue a sacar uno de los lechones del saco, vio como el saco aún estando cerrado, ya no tenía nada dentro. Con la sorpresa del otro muchacho, y la duda de la ventera por si querían estafarla, se escucharon de repente las voces de cinco mujeres que desde lo alto de un muro les decían: -“¡Ah cachos de bobos!, mira que cargar desde tan lejos a cinco lechonas como nosotras; gracias por la montada que bien falta nos hacía”-.

Así fue como los presentes aseveraron que aquello había sido cosa de brujas, acabando el mal trago cuando uno de los chicos hizo con sus dedos la señal de la cruz, espantando a las gorrinas brujas.

(De mi libro “Animales insólitos y mágicos de Canarias)

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