Sábado, 06 Abril 2019

La cosa va de mamuts

  CP Redacción
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La cosa va de mamuts

 

De un tiempo a esta parte, el ser humano vive de espaldas a su propia existencia, o al menos no muestra claro interés por averiguar, tal y como ocurría décadas y siglos atrás, quienes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Y así, con estos andares cargados de soberbia y mucho desinterés, nuestra especie está inmersa en averiguaciones referidas a vidas inteligentes de carácter extraterrestre, la creación de tecnología humanizada y lo que personalmente me parece una ligera aberración, revivir a especies ya extintas, completamente desaparecidas.

Y es aquí donde de forma abrupta entra en escena un esqueleto con pretensiones de reencarnarse para deleite de propios y extraños. El gran elefante prehistórico conocido como mamut, ocupa el centro de la tarima para ser clonado entre luces y taquígrafos. Pero vamos a acotar un poco más este hito de la ciencia. Estaríamos hablando del mamut lanudo (Mammuthus primigenius), un mamífero que se extinguió hace aproximadamente 10.000 años, aunque esta cifra varía mucho en función de la zona geográfica en la que habitaron, y en torno al cual varios grupos de científicos trabajan desde hace un buen puñado de años para traerle nuevamente a la vida como si de una especie de Frankenstein se tratase. Es el la Universidad de Kinda, en Osaka (Japón) donde han logrado señales de actividad biológica al trasplantar núcleos celulares de tejidos de este desaparecido animal en ovocitos de ratones.

El protagonista es una cría de mamut a la que se conoce con el nombre Yuka, y que según cuentan los mentideros científicos, es muy probable que muriera hace 28.000 años  atacada por felinos y destripada en gran parte por seres humanos. Si es posible realizar esta serie de experimentaciones con Yuka, es debido a que sus restos se han conservado congelados en el permafrost siberiano, en una zona muy próxima a las costas del océano Ártico. Está claro que los trabajos con ratones de laboratorio son un necesario paso previo para que finalmente se pueda “resucitar” a esta especie extinta utilizando como base una especie actual de elefante.

Para aquellos que tenemos una edad que ni para arriba ni para abajo, la idea de poder ver vivo a ese enorme bicho lanudo que aparecía en cromos y en las ilustraciones de los libros de ciencia, es algo que se aproxima a la ficción y lo monstruoso, porque nadie podrá negarme que todo esto tiene un tufillo a Dios que no logro desvanecer. Revivir a muertos siempre ha estado ligado a la nigromancia, a poderes del inframundo, a facultades propias del mismísimo anticristo. Es sabido que cuando el demonio se viste con bata blanca, nadie sospecha del rabo que le asoma, y ¡que caray!, la ciencia lo permite todo siempre y cuando sea cosa de ella, de la impertérrita y hermética ciencia.

Se abre la veda para un futuro parque jurásico en el que la estrella posiblemente será el mamut resucitado, pero en el que podría encajar perfectamente algún otro mamut de dos patas, o piernas para no ofender. Y así, una vez atravesemos los pórticos del temático parque, nos encontraremos con el área de los ufólogos cansinos, en el que cómodamente estará desayunando Jacques Vallée junto a Fabio Zerpa y Sixto Paz. Un poco más allá, pasando un puñado de palmeras, nos abordará un grupo de macacos facultados para ver lucecitas populares y descifrar señales alienígenas. Y antes de acceder a la sala de nuestro mamut estrella, a modo de teloneros, seremos recibidos por lame bolas y pelotillas de lo insólito, que nos obsequiaran con algún producto de su nativa tierra y buscará la foto que le acredite como especie en extinción recientemente resucitada por algún incauto contador de historietas.

Tiempo al tiempo. Empezaremos con un mamut, y cuando queramos darnos cuenta, habremos resucitado a un Jesucristo pregonero de la nueva Era Aquarius, a un Leonardo da Vinci pidiendo a gritos que le devuelva a la Mona Lisa, y a Paco Padrón acudiendo a la Playa de la Tejita para ser nuevamente abducido. ¡Ay mi cabeza!, puerta que se abre, ni el tal San Pedro es capaz de cerrarla.